El duende del arquitecto, in memoriam Antonio Jiménez Torrecillas

El duende del arquitecto, in memoriam Antonio Jiménez Torrecillas

Bonsai Arquitectos
Acción del equipo redactor de la Revista Márgenes, 17 de junio de 2015

Acción del equipo redactor de la Revista Márgenes en la muralla de San Miguel, 17 de junio de 2015

 

“la emoción de la Arquitectura hace sonreir, da risa” Alejandro de la Sota

El viento frío de la muerte deja en los que se quedan una suerte de zumbido sordo, un paisaje de desolación interior… Qué difícil es aprehender el presente: esa delgadísima línea que separa el pasado del futuro; el instante en que la vida discurre ante nuestros ojos, y pasa como un cauce de agua fluyendo entre nuestros dedos: inaprensible. Carpe diem.

Hace sólo unos días él estaba ahí, latiendo en mi bandeja de correo, tal y como era: su hablar pausado, su sonrisa, su cariño, su cercanía. Ahora ya no está, y su ausencia es un hueco redondo y vacío, un páramo yermo y helado, una noche estrellada para siempre. Hoy la ausencia de Antonio espolea la rabia y la impotencia, llama al recuerdo emocionado del amigo… pero sobre todo invita a valorar lo esencial, lo intangible, aquello que resulta tan difícil de explicar, porque está ante nosotros pero fluye entre nuestros dedos y resuena en nuestro inconsciente como una campana en la distancia.

Antonio era un tipo luminoso y cabal, de esos que nacen cada muchos años. Un cometa dejando un rastro de chispas y destellos a su paso, porque desde su mirada de niño se ofrecía a los demás con la generosidad de los valientes y la seguridad de los fuertes. Era, además, un creador de conceptos y un buscador de retos; para entender bien lo que eso significa hay que valorar la autenticidad y la fuerza del hecho creativo, ese ‘duende’ que se atribuye a los artistas inspirados. De profesional a profesional, la admiración por la obra ajena es un íntimo acto de análisis y de justicia, nada fácil de transmitir a otros.

En el acto creativo inicial, el arquitecto se enfrenta en soledad al proyecto haciendo abstracción de todos los antecedentes y condicionantes históricos, urbanísticos, normativos, arqueológicos, topográficos, geotécnicos, programáticos, presupuestarios, constructivos, ambientales, estéticos, ideológicos, estilísticos… Como en un vertiginoso aleph, el germen del proyecto surge como respuesta intimísima a la catarata de datos, números, imágenes, conversaciones, deseos, ensueños… Para el que se aproxima alguna vez al vértigo del papel en blanco –ya sea en música, en pintura, en arquitectura- la esencia misma del acto creativo es comparable a la emoción de dar vida. Los primeros compases, la veladura original, el trazo primero, definen el tono de la obra, su personalidad, su color, su ‘garra’, como producto de la marea que el poderosísimo acto de la creación genera para sintetizar, en un instante, en un gesto, todo el potencial que flotaba en el instante previo al Big Bang que da paso a la primera certeza. Y es ahí, en esa capacidad de despejar incertidumbres y sembrar certezas, que se distingue la capacidad de los grandes de alumbrar el territorio de las cosas hermosas. Un buen proyecto de Arquitectura es, en suma, un puro acto de amor. Un legítimo esfuerzo por llevar las cosas más allá de lo convencional para buscar, por encima de la frialdad de las normas, de las limitaciones del promotor, del tibio confort de los lugares comunes, la mejor respuesta al juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz.

Por eso escasean los buenos proyectos, porque resulta tan difícil que se produzca la confluencia de factores que abonan el caldo de cultivo creativo. Y porque no es tan sencillo encontrar arquitectos comprometidos con la belleza y con la lucha por sacar lo mejor de cada idea, contra viento y marea. Sí, ya sabemos que no todos los casos permiten soluciones airosas. También que luego vendrán el esfuerzo, la técnica, los informes, las trabas, los presupuestos, los fríos documentos que dan cuerpo al proyecto como herramienta de gestión y de obra. Pero, por encima de todo eso, quiero romper una lanza por todos los momentos felices en que un alcalde, un gerente, un empresario, valoraron y entendieron los argumentos inspirados e ilusionantes del arquitecto, abriendo la puerta a la creatividad y la sorpresa.

El gesto sabio y esencial de la muralla calada del Albaizín; la liviandad respetuosa de la Torre del Homenaje de Huéscar; la cuidada elaboración de la ‘caja dentro de caja’ del Museo de Bellas Artes; el comedido sabor de metáfora urbana, industrial y escenográfica del Centro José Guerrero; la delicada factura blanca y quebrada de la casa Escudero, no son sino gotas destiladas por el matraz de un alquimista de sueños, de un paladín de la Arquitectura cuyo rastro imborrable aún tardará tiempo en entenderse en su verdadera magnitud y aceptarse plenamente por la sociedad. Pero nada que resulta fácil de digerir vale realmente la pena.

Antonio Jiménez Torrecillas, como ha dicho recientemente Elisa Valero, era el mejor de los nuestros, y como tal ha salido por la puerta grande de la vida. Por todas tus sonrisas y tus gestos de complicidad; por todas tus dudas en los momentos difíciles; por todas tus decisiones valientes contra todo y contra todos; por toda tu ternura para con los tuyos y los menos tuyos; por tu sabia y modesta manera de estar en el mundo; por el ejemplo emocionante de tu lucha hasta el final: Gracias, Maestro.

Antonio Jiménez Torrecillas. Arquitecto

Antonio Jiménez Torrecillas falleció el 16 de junio en Granada

 

NOTAS DE LOS EDITORES

Artículo originalmente publicado en el periódico Ideal el 28 de junio de 2015, en la sección de Opinión.

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