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Imagen: vestíbulo de edificio de 11 plantas, 44 m en Yokohama. Fuente: obayasi.co.jp
Construir en un territorio sísmico significa aceptar que la arquitectura no está siempre quieta. Significa diseñar edificios capaces de acompañar el movimiento, deformarse y disipar energía sin perder su estabilidad. La madera lleva siglos formando parte de esa historia.
El ejemplo más conocido suele ser Japón, uno de los territorios sísmicamente más activos del planeta, donde durante siglos se desarrollaron sofisticados sistemas de construcción en madera basados en entramados, uniones y piezas capaces de admitir deformaciones.

Imagen: Templo Horyu-ji en Ikaruga, 607 d. C. Fuente: diariodelviajero.com
Pero Japón no es una excepción. Desde el origen de los tiempos, y en diferentes regiones sísmicas del mundo, encontramos una enorme diversidad de sistemas tradicionales de entramado de madera y soluciones mixtas de madera y fábrica. Se trataba de soluciones definidas desde la experiencia y sabiduría transmitida por generaciones, más allá de la disponibilidad del recurso o la búsqueda estética de cada momento histórico. La madera siempre ha sido uno de los principales recursos constructivos para convivir con un territorio que se mueve.
Un ejemplo claro es Lisboa. Después del terremoto de 1755, la reconstrucción de la Baixa Pombalina incorporó deliberadamente una estructura tridimensional de madera en el interior de los edificios de fábrica: la llamada gaiola pombalina. Sus entramados verticales, horizontales y diagonales estaban concebidos para mejorar la estabilidad global y la respuesta frente a las acciones sísmicas. La investigación experimental contemporánea ha confirmado el interés de este sistema histórico en su momento revolucionario, por su capacidad de deformación y disipación de energía.

Imagen: Refuerzo de un edificio en la Baixa Pombalina, en torno a 1760. Fuente: María Sánchez para maderayconstruccion.com
Esta historia también forma parte de Granada. La ciudad conserva una profunda tradición de construcción con madera, heredada de la cultura constructiva nazarí y continuada y transformada posteriormente en la arquitectura mudéjar. La carpintería de madera no fue un elemento secundario, sino parte esencial e identitaria: armaduras de cubierta, alfarjes, galerías, pies derechos, zapatas y otros elementos constructivos forman parte de una tradición técnica de enorme sofisticación.
Aquella tradición implicaba un conocimiento muy preciso de la madera como material de construcción. No existía una única madera nazarí, sino una selección de especies en función de su disponibilidad, sus propiedades mecánicas, su tamaño y el uso al que se destinaba cada pieza. En la Alhambra, el pino carrasco (Pinus halepensis) aparece como una de las especies fundamentales de las grandes armaduras nazaríes, acompañado por álamo blanco o peralejo (Populus alba) en elementos que requerían menor capacidad mecánica y por maderas de mayor valor y procedencia más lejana, como el cedro del Atlas (Cedrus atlantica), utilizado en elementos singulares de gran riqueza ornamental. También se han identificado otras especies de pino y frondosas en diferentes edificios y estructuras históricas de Granada. La presencia de estas especies en la arquitectura histórica constituye, además, un testimonio de los paisajes forestales, muchos hoy desaparecidos, que abastecieron a Granada durante siglos.
La arquitectura nazarí desarrolló, además, soluciones que resultan especialmente interesantes cuando las observamos desde la perspectiva de la construcción antisísmica contemporánea. La combinación de muros de gran masa y resistencia, volúmenes relativamente bajos y compactos, forjados y cubiertas ligeras de tablazón de madera, contribuían a limitar las fuerzas generadas por los asentamientos diferenciales y movimientos del suelo. Las estructuras podían admitir pequeñas deformaciones sin comportarse de manera frágil, una cualidad especialmente valiosa en un territorio sísmicamente activo. Estudios contemporáneos sobre la Alhambra han analizado precisamente su comportamiento dinámico y su capacidad frente a la acción sísmica. La famosa presencia de placas de plomo en las columnas ha contribuido también a construir el relato de su comportamiento frente a los terremotos.
La llegada de la cultura mudéjar no supuso la desaparición de este conocimiento. La llamada carpintería de lo blanco continuó y desarrolló las técnicas de la tradición hispanomusulmana, transmitidas fundamentalmente a través de los propios oficios. Las investigaciones sobre la carpintería mudéjar granadina muestran una diversidad de especies y una selección vinculada a las características de cada elemento constructivo: las maderas de mayor resistencia se destinaban a las piezas estructurales de mayores dimensiones (principalmente distintas especies de pino), mientras que otras más ligeras, como el álamo y el chopo, se utilizaban en elementos secundarios o que requerían menor capacidad mecánica.

Imagen: Salón de Comares, Granada, 1333-1354 d.C. Fuente: Patronato de la Alhambra.
Y existe además una relación particularmente estrecha entre la madera y el paisaje granadino. El chopo, cultivado durante generaciones en la Vega, constituye otro capítulo fundamental de esta historia. Su madera, ligera y disponible a bajo coste, fue empleada en la construcción tradicional local, especialmente en forjados, tablazones y otros elementos en los que resultaba conveniente reducir el peso de la construcción. Estudios realizados sobre edificios históricos y tradicionales del Albaicín han identificado tanto chopo blanco (Populus alba) como chopo negro (Populus nigra), y relacionan su presencia con la extensa disponibilidad de estas especies en la Vega de Granada.
La expansión contemporánea del cultivo del chopo en la Vega comenzó a adquirir una dimensión extraordinaria desde finales del siglo XIX, impulsada por la creciente demanda de madera para la construcción y, posteriormente, para los secaderos de tabaco. Durante la primera mitad del siglo XX, el chopo se incorporó de forma habitual a las construcciones populares y agrícolas de la Vega, utilizándose estructuralmente en cubiertas y otras soluciones ligeras. A mediados del siglo XX las choperas alcanzaron su máximo desarrollo, hasta convertir a Granada en 1962 en la primera provincia española productora de chopo. La historia de Granada y sus choperas muestra como hacer visible la madera es, en cierta medida, hacer visible el valor del árbol. Y una sociedad que reconoce ese valor tiene más razones para cuidar sus cultivos, proteger sus bosques y preservar e incrementar la presencia del arbolado en sus ciudades.
Hoy, recuperar el uso estructural de esta madera puede contribuir precisamente a recuperar ese ciclo virtuoso. Esa recuperación comienza a encontrar nuevas vías. Iniciativas como la Mesa del Chopo, el proyecto europeo LIFE Wood for Future, la Asociación Marjal, o la spin-off Iberolam están trabajando para volver a conectar el cultivo del chopo de la Vega con nuevos usos estructurales y arquitectónicos. El reciente desarrollo de sistemas constructivos estructurales basados en madera de chopo de la Vega de Granada demuestra que aquella relación histórica entre territorio, madera y arquitectura puede convertirse de nuevo en innovación contemporánea.
No se trata, por tanto, de volver al pasado, pero sí de recordar y actualizar un conocimiento que ya está en nuestra cultura: conocer las propiedades de cada madera, entender su procedencia y utilizarla allí donde puede ofrecer mejores prestaciones. Lo que hoy hacemos mediante la ingeniería, la industrialización y el diseño estructural tiene una raíz mucho más antigua: la capacidad de adaptar la arquitectura a los materiales disponibles y a las condiciones concretas del territorio.

Imagen: parte del equipo de Bonsai con investigadores del proyecto LIFE Wood For Future en una chopera de Fuentevaqueros, 2021. Fuente: Patronato de la Alhambra.
Lo que cambia hoy no es tanto la lógica como las herramientas con las que podemos desarrollarla. La ingeniería contemporánea ha convertido la madera en un material estructural industrializado de altas prestaciones. El desarrollo de la madera contralaminada —CLT, Cross Laminated Timber— permite fabricar grandes paneles estructurales capaces de formar muros, forjados y cubiertas con una elevada precisión dimensional.
Su ligereza constituye una ventaja especialmente interesante en zonas sísmicas: cuanto menor es la masa de un edificio, menores son las fuerzas de inercia generadas durante un terremoto. Y, mediante el diseño de las conexiones, es posible conseguir sistemas con capacidad de deformación y disipación de energía. Pero el interés de la madera tecnológica va mucho más allá de la respuesta estructural.
La construcción necesita reducir drásticamente su impacto ambiental. En este contexto, la madera puede contribuir a disminuir la huella de carbono incorporada de los edificios, siempre que proceda de una gestión forestal responsable y se integre en estrategias adecuadas de diseño, durabilidad y fin de vida.
Al mismo tiempo, los sistemas constructivos en madera permiten configurar envolventes continuas, ligeras y altamente aisladas. La estructura, el cerramiento y el comportamiento energético del edificio pueden formar parte de una misma estrategia. Es precisamente esta convergencia entre estructura, energía y carbono la que hace especialmente interesante a la madera para la arquitectura contemporánea.

Imagen: Voladizos de los balcones en estructura antisísimica de CLT, obra finalizada en 2015 en Calle Cuenca, Granada. Fuente: Bonsai Arquitectos.
En Bonsai tuvimos la oportunidad de llevar esta evolución un paso más allá con el desarrollo, entre 2014 y 2015, del proyecto y la obra del edificio de apartamentos de Calle Cuenca, en Granada. ue un proyecto pionero en su momento y el primer edificio de varias plantas construido con paneles de madera contralaminada (CLT) en Andalucía. Para situarlo en el contexto de la introducción de esta tecnología en España, el primer edificio de varias plantas construido con este sistema había sido el edificio de viviendas de la calle Cavallers, en Barcelona, finalizado apenas unos meses antes, en 2014.
El proyecto comenzó en 2014 y la obra se ejecutó íntegramente entre enero y agosto de 2015, con 470 m² construidos distribuidos entre las cinco plantas. En pleno centro histórico de Granada, en una parcela estrecha entre medianeras y con importantes condicionantes de acceso y ejecución, el edificio se planteó desde el inicio como un volumen exento de madera, separado de las construcciones colindantes mediante cámaras de aire.
El edificio fue, además, una oportunidad para explorar las posibilidades de la madera tecnológica en altura en una ciudad sísmicamente activa como Granada. Sobre una ligera losa, estructura y envolvente se resolvieron mediante paneles de CLT que formaban simultáneamente el esqueleto y el cascarón del edificio. Muros, forjados y cubierta trabajaban como un sistema continuo, ligero y redundante, con las crujías arriostradas por el núcleo de comunicaciones. Los voladizos, los faldones de cubierta y el resto de elementos estructurales se integraron en esta lógica de conjunto, evitando concebir la estructura como una suma de elementos independientes.
Esta condición de «caja estructural» resulta especialmente relevante en un edificio situado en una ciudad sísmicamente activa como Granada. Frente a un terremoto, la baja masa de la construcción reduce las fuerzas inerciales que debe soportar la estructura, mientras que la continuidad y redundancia del sistema de paneles permite distribuir los esfuerzos entre diferentes elementos. El comportamiento final depende, naturalmente, del diseño estructural y, de manera muy significativa, de las uniones entre paneles: en un sistema CLT correctamente proyectado, estas pueden trabajar de forma dúctil y contribuir a la disipación de la energía generada por el terremoto. Estas son precisamente algunas de las razones que analizábamos posteriormente en el artículo «Ventajas del CLT en entornos sísmicos», publicado en Madera y Construcción en 2019.
Pero la elección del sistema constructivo no respondió únicamente a criterios estructurales. En Calle Cuenca, la elección del CLT formaba parte de una estrategia más amplia de eficiencia energética y reducción del impacto ambiental. La envolvente continua, combinada con aislamiento térmico exterior SATE ayudó a eliminar los puentes térmicos, mientras que el uso de la madera aportaba una baja conductividad térmica y contribuía al comportamiento energético del edificio.
Calle Cuenca nos permitió comprobar en la práctica cómo una misma decisión constructiva podía responder simultáneamente a varios de los desafíos de la arquitectura contemporánea: reducir masa y mejorar el comportamiento frente al sismo, acelerar y simplificar la construcción, disminuir puentes térmicos y acústicos, mejorar la eficiencia energética y reducir la huella ambiental del edificio.

Imagen: Evento «Flamenco sostenible» en colaboración con la Escuela Carmen de las Cuevas, en la obra de Calle Cuenca, Granada, 2015. Fuente: Bonsai Arquitectos.
Aquel proyecto supuso para Bonsai una primera aproximación a las posibilidades de la madera tecnológica aplicada a la edificación en altura. Desde entonces hemos continuado investigando y poniendo en práctica distintas soluciones constructivas en madera: sistemas de CLT, entramado ligero y combinaciones entre ambos, bajo los criterios del estándar Passivhaus.
Una línea de trabajo en la que estructura, eficiencia energética y reducción de la huella ambiental se entienden como partes de una misma estrategia, capaz de responder tanto a las exigencias actuales de la construcción como a las condiciones climáticas que ya estamos experimentando.
Más de una década después, aquella experiencia nos permite entender las distintas soluciones de envolvente estructural en madera, como el CLT o el entramado ligero, no como una ruptura con la tradición constructiva de la madera, sino como su evolución contemporánea: herramientas capaces de llevar mucho más lejos algunas de las cualidades que históricamente hicieron de la madera un material adecuado para construir en territorios que se mueven.
La arquitectura siempre ha sido, en buena medida, una forma de adaptación. La historia nos demuestra que el verdadero progreso no consiste en construir contra la naturaleza, sino en comprenderla lo suficiente como para construir con ella. Granada tiene hoy la oportunidad de volver a ser una ciudad ejemplar en esa capacidad de adaptación. Una ciudad que, desde el conocimiento de su territorio y de su propia tradición constructiva, sea capaz de responder con inteligencia a los rigores del clima y a sus condiciones sísmicas, convirtiendo sus desafíos en oportunidades para la innovación constructiva.
Desde Bonsai trabajamos día a día para aportar nuestro granito de arena y contribuir a que así sea.

P.S. La ductilidad frente al movimiento sísmico de las estructuras de madera tecnológica es realmente extraordinaria. Existen numerosos ensayos a escala real de estructuras de madera sometidas a terremotos, realizados por instituciones de investigación de todo el mundo.
Pero posiblemente este sea uno de los más impresionantes. En el marco del proyecto NEESWood Capstone, financiado por la National Science Foundation (NSF) a través de su red Network for Earthquake Engineering Simulation (NEES), un edificio de entramado ligero de madera de siete plantas y a escala real fue sometido a diferentes movimientos sísmicos sobre la gran mesa de ensayos de la University of California, San Diego (UCSD). El objetivo era estudiar experimentalmente el comportamiento de las estructuras de madera frente a terremotos de gran intensidad.
El ensayo permitió observar a escala real algo que resulta difícil de transmitir únicamente mediante cálculos o simulaciones: la extraordinaria capacidad de una estructura ligera de madera para deformarse, absorber y disipar energía y mantener su integridad durante un movimiento sísmico intenso.