1835 palabras, 10 minutos de tiempo de lectura.

Imagen: vestíbulo de edificio de 11 plantas, 44 m en Yokohama. Fuente: obayasi.co.jp
Construir en un territorio sísmico significa aceptar que la arquitectura no está siempre quieta. Significa diseñar edificios capaces de acompañar el movimiento, deformarse y disipar energía sin perder su estabilidad. La madera lleva siglos formando parte de esa historia.
El ejemplo más conocido suele ser Japón, uno de los territorios sísmicamente más activos del planeta, donde durante siglos se desarrollaron sofisticados sistemas de construcción en madera basados en entramados, uniones y piezas capaces de admitir deformaciones.

Imagen: Templo Horyu-ji en Ikaruga, 607 d. C. Fuente: diariodelviajero.com
Pero Japón no es una excepción. Desde el origen de los tiempos, y en diferentes regiones sísmicas del mundo, encontramos una enorme diversidad de sistemas tradicionales de entramado de madera y soluciones mixtas de madera y fábrica. Se trataba de soluciones definidas desde la experiencia y sabiduría transmitida por generaciones, más allá de la disponibilidad del recurso o la búsqueda estética de cada momento histórico. La madera siempre ha sido uno de los principales recursos constructivos para convivir con un territorio que se mueve.
Un ejemplo claro es Lisboa. Después del terremoto de 1755, la reconstrucción de la Baixa Pombalina incorporó deliberadamente una estructura tridimensional de madera en el interior de los edificios de fábrica: la llamada gaiola pombalina. Sus entramados verticales, horizontales y diagonales estaban concebidos para mejorar la estabilidad global y la respuesta frente a las acciones sísmicas. La investigación experimental contemporánea ha confirmado el interés de este sistema histórico en su momento revolucionario, por su capacidad de deformación y disipación de energía.

Imagen: Refuerzo de un edificio en la Baixa Pombalina, en torno a 1760. Fuente: María Sánchez para maderayconstruccion.com
Esta historia también forma parte de Granada. La ciudad conserva una profunda tradición de construcción con madera, heredada de la cultura nazarí y continuada por la arquitectura mudéjar. Armaduras, alfarjes, galerías, pies derechos y zapatas revelan una tradición técnica en la que la madera era parte esencial de la arquitectura.
Este conocimiento incluía una selección precisa de las especies según sus propiedades, disponibilidad y función. En la Alhambra destacan el pino carrasco (Pinus halepensis), el álamo blanco (Populus alba) y, en elementos singulares, el cedro del Atlas (Cedrus atlantica), junto a otras especies de pinos y frondosas. Estas maderas son también testimonio de unos paisajes forestales que durante siglos abastecieron a Granada y cuya extensión se ha transformado profundamente.
La propia tradición constructiva resulta interesante desde la perspectiva antisísmica: muros resistentes y volúmenes compactos combinados con forjados y cubiertas ligeras de madera reducían las fuerzas generadas por el movimiento del terreno, mientras que la capacidad de deformación de la madera evitaba respuestas frágiles. La Alhambra ha sido objeto de estudios sobre su comportamiento dinámico frente a los terremotos, al que se suma el conocido uso de placas de plomo bajo algunas columnas, cuya función histórica no puede atribuirse exclusivamente al aislamiento sísmico.
La tradición mudéjar mantuvo este conocimiento a través de la llamada carpintería de lo blanco, seleccionando las maderas según las necesidades de cada elemento: pinos para las piezas estructurales de mayor resistencia y dimensión, y maderas más ligeras, como álamo y chopo, para elementos de menor exigencia mecánica.

Imagen: Salón de Comares, Granada, 1333-1354 d.C. Fuente: Patronato de la Alhambra.
Existe además una relación particularmente estrecha entre la madera y el paisaje granadino. El chopo, cultivado durante generaciones en la Vega, fue una madera habitual en la construcción tradicional local, especialmente en forjados, tablazones y otras soluciones ligeras. Estudios realizados en edificios históricos del Albaicín han identificado tanto chopo blanco (Populus alba) como chopo negro (Populus nigra), en relación con la disponibilidad de estas especies en la Vega.
Su cultivo adquirió una dimensión extraordinaria desde finales del siglo XIX, impulsado por la demanda de madera para la construcción y, posteriormente, para los secaderos de tabaco. A mediados del siglo XX las choperas alcanzaron su máxima expansión y, en 1962, Granada era la primera provincia española productora de chopo.
Hoy, recuperar el uso estructural de esta madera puede contribuir precisamente a recuperar ese ciclo virtuoso. Esa recuperación comienza a encontrar nuevas vías. Iniciativas como la Mesa del Chopo, el proyecto europeo LIFE Wood for Future, la Asociación Marjal, o la spin-off Iberolam están trabajando para volver a conectar el cultivo del chopo de la Vega con nuevos usos estructurales y arquitectónicos. El reciente desarrollo de sistemas constructivos estructurales basados en madera de chopo de la Vega de Granada demuestra que aquella relación histórica entre territorio, madera y arquitectura puede convertirse de nuevo en innovación contemporánea.
No se trata obviamente de volver al pasado, sino de actualizar un conocimiento que forma parte de nuestra cultura constructiva: conocer los materiales disponibles, comprender sus propiedades y utilizarlos en relación con las condiciones del territorio. Lo que hoy hacemos mediante la ingeniería y la industrialización tiene, en realidad, una raíz mucho más antigua: construir con lo que el territorio ofrece.

Imagen: parte del equipo de Bonsai con investigadores del proyecto LIFE Wood For Future en una chopera de Fuentevaqueros, 2021. Fuente: Proyecto Life Wood For Future
Lo que cambia hoy no es tanto la lógica como las herramientas con las que podemos desarrollarla. La ingeniería contemporánea ha convertido la madera en un material estructural industrializado de altas prestaciones. El desarrollo de la madera contralaminada —CLT, Cross Laminated Timber— permite fabricar grandes paneles estructurales capaces de formar muros, forjados y cubiertas con una elevada precisión dimensional.
Su ligereza constituye una ventaja especialmente interesante en zonas sísmicas: cuanto menor es la masa de un edificio, menores son las fuerzas de inercia generadas durante un terremoto. Y, mediante el diseño de las conexiones, es posible conseguir sistemas con capacidad de deformación y disipación de energía. Pero el interés de la madera tecnológica va mucho más allá de la respuesta estructural.
La construcción necesita reducir drásticamente su impacto ambiental. En este contexto, la madera puede contribuir a disminuir la huella de carbono incorporada de los edificios, siempre que proceda de una gestión forestal responsable y se integre en estrategias adecuadas de diseño, durabilidad y fin de vida.
Al mismo tiempo, los sistemas constructivos en madera permiten configurar envolventes continuas, ligeras y altamente aisladas. La estructura, el cerramiento y el comportamiento energético del edificio pueden formar parte de una misma estrategia. Es precisamente esta convergencia entre estructura, energía y carbono la que hace especialmente interesante a la madera para la arquitectura contemporánea.

Imagen: Voladizos de los balcones en estructura antisísimica de CLT, obra finalizada en 2015 en Calle Cuenca, Granada. Fuente: Bonsai Arquitectos.
En Bonsai llevamos esta evolución al presente con el edificio de apartamentos de Calle Cuenca, en Granada, proyectado en 2014 y construido entre enero y agosto de 2015. Con 470 m² distribuidos en cinco plantas, fue el primer edificio de varias plantas construido con CLT en Andalucía, pocos meses después del edificio de viviendas de la calle Cavallers, en Barcelona, primer precedente de este tipo en España.
En una estrecha parcela entre medianeras del centro histórico, con importantes dificultades de acceso y ejecución, estructura y envolvente se resolvieron mediante una única «caja estructural» de paneles de madera. Muros, forjados y cubierta formaban un sistema continuo y ligero, arriostrado por el núcleo de comunicaciones e integrando voladizos y faldones en la propia estructura.
Esta solución resultaba especialmente adecuada para una ciudad sísmica como Granada: la baja masa reduce las fuerzas inerciales, mientras que la continuidad y redundancia del sistema permiten repartir los esfuerzos y unas uniones adecuadamente diseñadas pueden proporcionar ductilidad y disipación de energía. Sobre estas prestaciones publicamos posteriormente «Ventajas del CLT en entornos sísmicos», publicado en Madera y Construcción en 2019.
Pero Calle Cuenca fue también una investigación sobre otras posibilidades de la madera tecnológica: industrialización, rapidez de montaje, precisión constructiva y una envolvente continua con aislamiento exterior que minimiza los puentes térmicos y mejora el comportamiento energético. Una misma estrategia constructiva permitía así responder simultáneamente a los desafíos sísmicos, energéticos y ambientales de la arquitectura contemporánea.

Imagen: Evento «Flamenco sostenible» en colaboración con la Escuela Carmen de las Cuevas, en la obra de Calle Cuenca, Granada, 2015. Fuente: Bonsai Arquitectos.
Aquel proyecto supuso para Bonsai una primera aproximación a las posibilidades de la madera tecnológica aplicada a la edificación en altura. Desde entonces hemos continuado investigando y poniendo en práctica distintas soluciones constructivas en madera: sistemas de CLT, entramado ligero y combinaciones entre ambos, bajo los criterios del estándar Passivhaus.
Una línea de trabajo en la que estructura, eficiencia energética y reducción de la huella ambiental se entienden como partes de una misma estrategia, capaz de responder tanto a las exigencias actuales de la construcción como a las condiciones climáticas que ya estamos experimentando.
Más de una década después, aquella experiencia nos permite entender las distintas soluciones de envolvente estructural en madera, como el CLT o el entramado ligero, no como una ruptura con la tradición constructiva de la madera, sino como su evolución contemporánea: herramientas capaces de llevar mucho más lejos algunas de las cualidades que históricamente hicieron de la madera un material adecuado para construir en territorios que se mueven.
La arquitectura siempre ha sido, en buena medida, una forma de adaptación. La historia nos demuestra que el verdadero progreso no consiste en construir contra la naturaleza, sino en comprenderla lo suficiente como para construir con ella. Granada tiene hoy la oportunidad de volver a ser una ciudad ejemplar en esa capacidad de adaptación. Una ciudad que, desde el conocimiento de su territorio y de su propia tradición constructiva, sea capaz de responder con inteligencia a los rigores del clima y a sus condiciones sísmicas, convirtiendo sus desafíos en oportunidades para la innovación constructiva.
Desde Bonsai trabajamos día a día para aportar nuestro granito de arena y contribuir a que así sea.

P.S. La ductilidad frente al movimiento sísmico de las estructuras de madera tecnológica es realmente extraordinaria. Existen numerosos ensayos a escala real de estructuras de madera sometidas a terremotos, realizados por instituciones de investigación de todo el mundo.
Pero posiblemente este sea uno de los más impresionantes. En el marco del proyecto NEESWood Capstone, financiado por la National Science Foundation (NSF) a través de su red Network for Earthquake Engineering Simulation (NEES), un edificio de entramado ligero de madera de siete plantas y a escala real fue sometido a diferentes movimientos sísmicos sobre la gran mesa de ensayos de la University of California, San Diego (UCSD). El objetivo era estudiar experimentalmente el comportamiento de las estructuras de madera frente a terremotos de gran intensidad.
El ensayo permitió observar a escala real algo que resulta difícil de transmitir únicamente mediante cálculos o simulaciones: la extraordinaria capacidad de una estructura ligera de madera para deformarse, absorber y disipar energía y mantener su integridad durante un movimiento sísmico intenso.